Flores azules para Garavito La tumba del científico Julio Garavito, quien aparece en los billetes de 20 mil, es visitada todos los lunes por travestís y prostitutas que le rezan y le llevan flores azules ¿por qué? Crónica de una tarde en el Cementerio Central

Son las cuatro y media de la tarde y los porteros ya cerraron la entrada de la 26 del Cementerio Central de Bogotá. Ahora solo les queda esperar a que salgan todos los creyentes. En su bicicleta, llega el celador Luis Eduardo Jiménez, donde están Jessica y sus amigas, para recordarles que es hora de salir. Cuando ellas lo ven llegar no demoran en tratar de intimidarlo a punta de piropos y vulgaridades, tal como lo hacen con todos los celadores del cementerio. En medio de carcajadas y voces gruesas le gritan “papacito rico” o “uy quién pidió pollo”. – Son más de las cuatro y media, necesito que se vayan… – ¡Ve!, responde Cristina la caleña, ¿por qué nos tenemos que ir si todavía falta gente por salir? – Nosotras no nos vamos hasta que le diga al resto de la gente que se vaya, responde Ingrid, mientras señala a los creyentes que todavía se encuentran haciendo fila para poder tocar y “hablar” con Leo Kopp. – Pero ustedes están fumadas, boten ese porro, aquí es prohibido hacer eso, responde Luis Eduardo. – ¿Cuál porro?, pregunta Caroline mientras lo esconde… usted lo que tiene es envidia porque no tiene uno… relájese, ¿quiere un poquito? Sentadas, en frente de la tumba del científico Julio Garavito, se encuentran Jessica, Johana, Caroline, Ingrid y Cristina, los últimos travestís del día. Como si se hubieran puesto de acuerdo, todos tienen puestas unas chanclas de plástico que les dejan ver las uñas de los pies largas y medio despintadas, un pantalón de sudadera pegado al cuerpo, desteñido y desgastado, una camiseta llena de manchas y pequeños rotos, y el pelo recogido, que deja ver las raíces con su verdadero color. Todos tienen el pelo tinturado. Caroline lo tiene rojo con grandes mechones pintados de mono. Jessica, que es una persona grande, gruesa, de piel oscura y con un trasero gigante, lo tiene pintado de rojo. El lunes no solo es el día de ir a visitar a Garavito, también es el día de ir a la peluquería, y se nota. Todas tienen el bozo poblado, y el pelo grasoso y despeinado. Como siempre, el lunes que es el día de las ánimas en pena, el Cementerio Central de Bogotá, se encuentra lleno de creyentes que van a rezar en las tumbas de personas famosas como el Alemán Leo Koop, donde la gente le habla en el oído y le lleva flores, y el comunista José R Mercado que tiene un busto color negro donde le dan besos en la boca, porque según los creyentes así se cumple el deseo. La tumba de Garavito se encuentra a solo cien pasos de la entrada de la calle 26, a mano derecha. Está cercada por unas cadenas de metal que fueron pintadas de color azul por sus seguidores, el mismo de las flores que le llevan y el mismo color de los billetes de veinte mil pesos. Por esto último, los travestís eligieron el color azul. A eso de las diez de la mañana el sepulcro de Garavito no tiene ninguna flor, y claramente se pueden leer las frases escritas sobre la tumba. La letra plasmada parece de un niño de prekinder que mezcla mayúsculas y minúsculas y que a duras penas puede escribir frases como: “Julio ayúdame a dilatar las deudas y concédeme buen trabajo”, “… intercede por mi para que mi negocio progrese”, “que lleguen a mi negocio buenos clientes con mucha plata”. Los porteros dicen que ellos nunca van temprano. Casi siempre empiezan a llegar después del medio día, con las manos llenas de flores azules y con billetes de veinte mil para rezar. La tradición empezó, aproximadamente hace diez años, cuando se murió Salomé, una señora del barrió Santa Fe que ayudaba mucho a las prostitutas y a los travestís del barrio. Su cuerpo fue enterrado al lado de Garavito. Entonces su tumba se convirtió en centro de petición. Años después el cuerpo fue exhumado y a consecuencia de esto los creyentes pasaron sus peticiones a Garavito, aprovechando que era famoso y salía en los billetes de veinte mil pesos. Jessica y sus amigas llegaron a eso de las tres de la tarde. Todas con flores azules. Cuando llegaron, se hicieron alrededor de la tumba y cada una empezó a susurrar padres nuestros y avemarías entremezclados con algunas de las frases escritas. Sacaron los billetes de veinte mil y los frotaron en medio de la lapida, como si la energía del cuerpo de Garavito se metiera en los billetes para multiplicarlos en la semana. Las flores también fueron depositadas en dos especies de cocas de hierro que se encuentran a cada lado del sepulcro. Ellas trabajan en el barrio Santa Fe. “Somos prostitutas”, dicen con orgullo. Un día bueno, es cuando atienden a diez o quince clientes. El precio normal es de 30.000 pesos y por cada servicio adicional como sexo oral o anal, se cobran 30 mil más. “Lo máximo que nos demoramos por cada servicio son 15 minutos, a menos que el cliente esté borracho, porque así se demora más” explica Ingrid. Ingrid es venezolana y desde que llegó a Bogotá, hace cinco años, todos los días va al cementerio central a rezar. “Desde que hago esto me ha ido muy bien. El día que no lo haga me empavo, me blanqueo. En cambio cuando vengo, y le pago misas, todos los días tengo clientes. Esto es cuestión de fe.” Sentadas en frente del sepulcro y con la mirada perdida en el tapete azul de flores que dejaron todas las visitas del día, Johana y las demás se dispusieron a fumarse un porro mientras llegaba Luis Eduardo para recordarles que ya eran más de las cuatro y media y el cementerio se cierra a las 5. En medio del embale, y a punta de carcajadas, se paran dispuestas a irse y a empezar otro día más de trabajo. Es hora de arreglarse. En el camino paran en la tumba de las mellizas que murieron quemadas cuando tenían seis años, en 1903, Elvira y Victoria Bodmer. Allí hay una estatua de dos ángeles dorados. Ellas también son visitadas por los creyentes, reciben rosas, oraciones y peticiones al igual que el resto. Johana se queda mirando a los ángeles, les reza un Avemaría y luego les toca la cabeza, como si estuviera tocando a dos niñas de verdad. Faltan diez para las cinco. El cementerio está desierto, ya no queda nadie más que ellas caminando por entre la tumbas, hablando incoherencias. “Todas somos cuchi-barbies”, dice Cristina, “porque somos viejas y barbudas, jajaja”.